McAllen: a las puertas del sueño americano

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Por David McSwane y Marlon Sorto ¡Ahora Sí!

(Rodolfo González / ¡Ahora Sí!)

(Rodolfo González / ¡Ahora Sí!)¡Ahora Sí!

Son las 11:45 p.m. del 3 de julio, víspera del Día de la Independencia, y el sordo resplandor de las luces de estacionamiento de una camioneta Chevy Tahoe de la Patrulla Fronteriza rompe la oscuridad en este camino de tierra, una vía serpenteante que imita la curvatura del Rio Grande.

El silencio es perturbado por un crujido en la oscuridad, el inconfundible sonido de pasos en los arbustos. Un agente enciende una linterna montada en su camioneta y la apunta hacia los escasos árboles que separan al río de la carretera, donde decenas de pañales usados, zapatos perdidos y ropa de niños marcan el camino a un lugar difícil de alcanzar: el Norte.

El agente busca con su linterna. Nada. La linterna se apaga y regresa el silencio. Luego otro crujido. Se enciende de nuevo la luz y solo se ven árboles. El Haz se desvanece de nuevo.

Otro agente enciende las luces de su camioneta. Fuera de la oscuridad, las cortas piernas de un niño de 9 años de edad, en pantalones de color caqui surgen, entonces las piernas de dos madres y, por último, las formas de dos niños aferrados a sus lados. Los agentes apagan las luces del vehículo y utilizan entonces sus linternas de mano, que a esa hora se ven menos amenazadoras.

“¿Por qué vas para el Norte?”, pregunta uno de los agentes en español.

“¿Tienes miedo?”, continúa el oficial mientras se dirige a Flor García, una madre de 19 años de edad, con lágrimas en los ojos y con una niña de apenas un año de edad en la cadera. “¿Tienes miedo?”, insiste.
Ella responde: “Sí”.

García y su hija, también llamada Flor, cruzaron la frontera con la ayuda de un contrabandista, o coyote, junto con otra madre que viajaba junto a sus dos hijos.

A tan sólo ocho8 millas de distancia y horas antes, el gobernador Rick Perry y los principales funcionarios estatales y federales de inmigración habían sido convocados a una audiencia de una Comisión del Congreso que se centró en las formas de detener exactamente este tipo de cruce ilegal, para proteger la seguridad nacional y para poner fin a una oleada abrumadora de inmigrantes que cruzan ilegalmente.

Pobreza y miedo
Al igual que decenas de miles antes de ellos, las dos familias llegaron a entregarse a los agentes, la conclusión de un viaje largo y peligroso desde su país de Honduras.
Viajaron a través de México, donde los migrantes se enfrentan a amenazas muy reales de violencia, violación, secuestro y hasta trata de personas.

Unos 90 hondureños por día son detenidos en esta región del sur de Texas, dijo Ana Bulnes, la Cónsul de Honduras en McAllen. Muchos de ellos dicen a funcionarios de inmigración que los riesgos del viaje palidecen en comparación a lo que enfrentan en su país de origen, que reporta la tasa de homicidios más alta del mundo.

Decenas de miles también han huido hacia los Estados Unidos provenientes de El Salvador y Guatemala para escapar de la violencia.

Al menos una docena de viajeros que hablaron con el Austin American – Statesman y ¡Ahora Sí! relataron que su viaje fue originado por la pobreza extrema, la violencia extrema, o ambos, como principal motivación. La mayoría de los que hacen el peligroso viaje son madres con hijos pequeños o niños solos que viajan por su cuenta con la esperanza de reunirse con su familia en los Estados Unidos.

“Aquí la gente vive mejor que en mi país”, dijo Dayana Isabel Ortez Méndez, una madre soltera que huyó de El Salvador con su hija de 2 años de edad, Adriana Nicole, para unirse a su madre en Los Ángeles.
Agarrando su billete de autobús en la estación central de McAllen, Ortez dijo que las pandillas han asediado a su ciudad natal, San Miguel y que incluso a algunos viernes los residentes les llaman “Viernes Negros”, pues las personas permanecen en sus casas por miedo.

“En esos días, no se puede estar en la calle después de las 2 de la tarde,” dijo ella. “Tienes que esconderte o ellos (los criminales) te pueden cortar en pedazos”, agregó.

Los líderes del Partido Republicano, incluyendo Perry, dicen que las políticas de inmigración del presidente Barack Obama son las que han originado la oleada de inmigración.

Culpan a la orden ejecutiva de Obama, denominada Acción Diferida para los Llegados en la Infancia o DACA, que retrasó la deportación de los hijos de inmigrantes indocumentados, de ser la que desató los rumores de que los niños que vienen a Estados Unidoslos EE.UU. ilegalmente les serán concedidos permisos para quedarse en el país.

Algunos viajeros como Lilian Alfaro, una madre soltera de 26 años de edad que viajo desde Honduras para reunirse con su familia en Austin, también citaron estos rumores.

“Yo quería una vida mejor para mi hija”, dijo Alfaro, “Y cuando escuché que el presidente Obama estaba ofreciendo permisos, comencé el viaje a Estados Unidos”, agregó.

Los funcionarios de fronteras informan de que más de 150,000 centroamericanos han cruzado la frontera este año, más de 52,000 de ellos eran niños no acompañados, y el aumento sin precedentes no muestra signos de disminuir.

Más de las dos terceras partes de quienes cruzaron en este sector del Valle del Río Grande, lo hicieron a través de los terrenos cercanos al Anzalduas Park, según Oficiales de la Patrulla Fronteriza.
Enredado por rumores falsos, las leyes federales y un aparato de control de inmigración sobrepoblado, los niños que cruzan la frontera sin los padres o tutores son detenidos en espacios reducidos en los refugios temporales durante 72 horas, a veces más, antes de que su custodia sea transferida al Departamento de Salud y Servicios Humanos.

Para las familias de inmigrantes, en su mayoría madres solteras y sus hijos, la respuesta del gobierno federal ha sido desviar los inmigrantes a las ciudades de todo el estado y el país con la orden de comparecer ante el tribunal de inmigración.

Perry, quien habló en launa audiencia del Congreso celebrada el jueves 3 en McAllen, criticó este enfoque como “corto de visión y trágico”.

Por ahora, Flor y su hija serán detenidas, por lo general durante unos días. Entonces, si el protocolo habitual es seguido, una camioneta de la Patrulla Fronteriza las irá a dejar a la estación central de autobuses de McAllen.

Una ciudad solidaria
Aunque la mayoría de los viajeros tienen suficiente dinero para comprar sus propios boletos de autobús para reunirse con sus familias en las ciudades de Estados Unidos, muchos no tienen ningún sitio donde alojarse antes de que los autobuses salgan, y la mayoría se encuentran en necesidad de descanso, atención médica y sustento.

Es entonces cuando los gobiernos locales y organizaciones de caridad dan la bienvenida a los inmigrantes.

McAllen se ha convertido en el punto focal reacio en un debate sobre la inmigración amargamente partidista y un estudio de caso en la paradoja actual de la promesa americana.

Las autoridades municipales han financiado un sistema de bus especial que cada día traslada alrededor de 180 mujeres migrantes y los niños desde la estación central a la Iglesia Católica Sagrado Corazón, que está a menos de un cuarto de milla desde la estación.

Llegan cansados, deshidratados, hambrientos y sólo poseen la ropa que llevan puesta, con el olor de su viaje inolvidable y sudor. Hay mucho que hacer.

Los voluntarios de la organización Caridades Católicas reciben con aplausos a los inmigrantes que llegan al Sagrado Corazón.

En una reciente tarde que marcó 92 grados de temperatura, un puñado de madres con sus hijos a cuestas, se acercó a las puertas dobles que se abren en la parte trasera de la iglesia.

Cerca de 40 voluntarios dejaron a un lado sus escobas, cajas y lo que estaban haciendo para aplaudir y decirles con alegría “¡Bienvenidos!”.

Las madres, desconcertadas por el recibimiento, pronto miraron a las docenas de mesas con ascendentes pilas de ropa donada, comida, juguetes y alimentos para bebés. Y un montón de Pedialyte, que ha demostrado ser crucial en el tratamiento de bebés y niños deshidratados.

En un rincón, los voluntarios juegan con los niños, una distracción calculada para permitir a sus madres reponer el sueño del que han sido privadas por varios días.

La comunidad aquí, en su mayoría hispanos, muchos de ellos inmigrantes o hijos de inmigrantes, han inundado el lugar con donativos. Voluntarios en el exterior son quienes cargan decenas de cajas de bocadillos enviados a la iglesia en un camión.

“Los niños no pueden comer eso porque no han tenido la nutrición, y se les quema el estómago. Así que tenemos que devolverlo. Si se lo comen, vomitan”, explica Luis Treviño, uno de los voluntarios del lugar.

A pesar de que en el lugar hay grandes tiendas de campaña con aire acondicionado y una sección del Ejército de Salvación para los niños, donde se acomodan alrededor de 30 personas cada noche, pocos viajeros se quedan por mucho tiempo. Con la ayuda de la iglesia, compran boletos de autobús y salen el mismo día o el siguiente para las ciudades más grandes.

Buscan esperanza en El Norte
Mientras saludaba con la mano desde un carruaje tirado por caballos el viernes 4 por la mañana, el alcalde de McAllen Jim Darling, lideró el desfile del Día de la Independencia por la calle principal, a una cuadra de la estación central, donde decenas de miles de personas que cruzaron la frontera sur de Texas abordaron los autobuses y se dispersaron por todo el país.

Si McAllen fuera un microcosmos de la experiencia estadounidense, esta estación sería la nueva isla de Ellis, con su posible avalancha de gente, preguntas perdidas entre traducciones y los trabajadores frustrados obligados a quedarse hasta tarde, mientras que los niños corren y juegan con los juguetes que les da la iglesia.

La Isla Ellis, ubicada en Nueva York, fue la primera estación federal de inmigración de los Estados Unidos y entre 1892 y 1954, registró el ingreso de más de 12 millones de inmigrantes que llegaron al país, según datos del Servicio de Parques Nacionales.

Si bien las autoridades de Texas y federales debaten si acoger brazar o rechazar a las masas amontonadas aquí, Darling dijo que no es una cuestión de hacer cumplir las leyes de inmigración, sino de la moral. Ayudando a los que están en extrema necesidad, dijo, “es sólo la cosa humanitaria que se debe hacer”, aseguró.

Darling, ha estado en el Capitolio en Austin y en la televisión nacional para pedir dinero estatal y federal para ayudar, pero dijo que la comunidad de McAllen ha intervenido en las áreas donde el Gobierno Federal se ha quedado corto y dijo que no hay estado de emergencia en la ciudad.

“Tenemos una estación de autobuses”, dijo Darling, “Y ahora somos una víctima de nuestras propias circunstancias”.

En el Día de la Independencia, él es sólo un estadounidense más ondeando su bandera desde una posición privilegiada en el desfile, mientras adultos y niños agitaban banderas, vitoreaban y aplaudían a los veteranos en uniformes que caminaban frente a los vendedores de palomitas de maíz, refrescos y hot dogs.

A una cuadra, en el vestíbulo de la Estación Central, Roxana Mejía, una madre soltera de 22 años de edad que quiere una mejor vida en Estados Unidos, espera.

Ella huyó de Usulután, en el sureste de El Salvador, una ciudad agrícola donde trabajó en un molino de maíz y donde sólo ganaba $ 5 al día. Ella vivía en constante temor de las pandillas que aterrorizan a la zona, explicó. “Me siento feliz de estar aquí porque voy a tener un techo”, dijo.

Las políticas que rodean las leyes de inmigración de Estados Unidos para ella son solo algo abstracto.

Lo que es real es el billete de autobús que tiene en la mano para ella y su hijo de un 1 año de edad, el cual los llevará con su primo en Austin, a donde espera encontrar la paz y seguridad que no obtuvo en la tierra que la vio nacer y la obligó a viajar hacia el Norte.

Adaptado del Austin American-Statesman. Puedes comunicarte con Marlon al 512-445-3948, o en inglés con David al 512-445-3618.

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